Historia de vida de Violeta Kachuk … una vida que no se detiene

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Violeta Kachuk

Hoy, a sus casi 62 años, con más de 50 dedicados a la danza, Violeta se define como una mujer feliz.Pero su historia no empezó ahí. Empezó mucho antes… cuando el cuerpo ya sabía lo que el alma iba a elegir.

A los ocho años, en Barranqueras, dio sus primeros pasos de la mano de la profesora Marta Werich. No era solo danza: era el inicio de un movimiento que ya no iba a detenerse.
A los diez, continuó su formación en Resistencia, en el Instituto de Danzas de Paquita Gómez. Lo que parecía aprendizaje, en realidad ya era destino.
A los doce años, recibió su título de maestra elemental en danzas españolas y clásicas. Para sostener ese camino, Violeta hacía rifas. Peso a peso, con la ayuda de una vecina, juntaba lo necesario para comprar telas que luego se transformaban en sus trajes, que su mama los confeccionaba.

Violeta, recuerda, que en esa parte de su vida, recibió la invitación para bailar en el Teatro Colón de Buenos Aires, nada menos que dos veces. Pero, ella siendo menor de edad, y su mamá al no poder acompañarla, ese sueño quedó ahí… en pausa. No como renuncia, sino como semilla.

Porque hay sueños que no se cumplen en el momento… pero sí construyó todo lo que vino después.A los quince años, Violeta dio un paso enorme: se recibió de profesora de danzas españolas y clásicas,  también de folklore. Y siendo aún menor de edad, abrió su primera escuela con su nombre como bandera, bajo el aval de su maestra Paquita.

Su papá le armó un espacio en su casa: espejos, barras, lo necesario para que ese pequeño lugar se convirtiera en un gran mundo. Comenzó con 20 alumnas, de entre 2 y 18 años. Tenía apenas 12, pero ya enseñaba con pasión, disciplina y amor. Un año más tarde, sumó una clase especial para mamás.

Sin saberlo, ya estaba sembrando algo más grande que una academia: estaba creando su legado.
Mientras tanto, transitaba la escuela secundaria. Su vida ya se movía entre dos mundos: el de la educación formal y el de la vocación profunda.

Al terminar sus educación media: decidió estudiar Educación Física en Corrientes. No fue fácil. La distancia generaba dudas, y su mamá no estaba de acuerdo. Pero en ese momento reapareció una figura clave: el profesor Serratrice, quien ya la había orientado en ese camino. Fue él quien volvió a abrir la posibilidad. Gracias a su intervención, su mamá pudo rever la decisión y finalmente aceptó.

Y así comenzó otra etapa de esfuerzo: sus días se medían en pedales.
A las 13 en punto salía desde Barranqueras en su bicicleta rumbo al Club San Martín, donde tomaba clases de natación. Luego seguía hacia el Hogar Escuela para cursar. Y cuando el reloj marcaba las 21 o 22, emprendía el regreso. El tramo más desafiante no era el puente Chaco-Corrientes, sino la oscura avenida San Martín, bajando hacia Barranqueras. Muchas veces sola. Y otras, acompañada por un gesto profundamente humano: los choferes de la línea Chaco-Corrientes, que ya la conocían, la seguían con las luces bajas, iluminando su camino hasta que estuviera a salvo. Un gesto simple… que también habla de una forma de cuidarla.
Violeta, antes de recibirse, ya enseñaba Educación Física. Era una época en la que faltaban profesores, y ella, con vocación y coraje, ya ocupaba ese lugar.

En 1988 se recibió de profesora de Educación Física. También se especializó en pilates, natación, step, aeróbica y ritmos.
A los 24 años, comenzó formalmente a trabajar en la EEP N° 848 y en la Escuela Secundaria N° 52 de Puerto Vilelas. Pero los sábados seguían siendo de danza. Y aquel espacio en su casa ya no alcanzaba.
Entonces apareció una nueva oportunidad: el Club Don Orione, donde el doctor Arístides Omar Ginesta le abrió las puertas para seguir creciendo.

Un recorrido que se hizó red… y hoy une a todos en el «Certamen del NEA»
Fue tejiendo caminos al recorrer distintas localidades del interior, convirtiendo cada destino en una nueva oportunidad para seguir sembrando danza, asi llegó a Villa Ángela, Coronel Du Graty, San Bernardo, y muchas otras localidades, su último lugar fue Tres Isletas. donde vivió 12 años, y fue uno de los más desafiantes. Pero nunca dejó de sembrar. En cada uno de estos escenarios, Violeta hacía lo mismo: comenzaba de nuevo, abría una academia, formaba alumnas, y cuando debía irse, dejaba la semilla: una escuela en marcha, incluso con la libertad de que otra profesora continuara, con el nombre que quisiera.

Porque su propósito nunca fue el nombre… sino el movimiento.
En 2002 incorporó la disciplina aeróbica, coreográfica y deportiva en su escuela “Sports Fitness”, en Barranqueras.
Durante más de 15 años representó el torneo internacional “Fitness Group”, hoy conocido como Dance World Cup.

En 2012, y faltando 4 años para su jubilación, dio otro paso trascendental: dejó de ser solo formadora para convertirse también en creadora. Así nació el «Certamen del NEA», una red que hoy cuenta con diez sedes selectivas en distintas ciudades y un gran encuentro nacional en el Domo del Centenario. Un evento que convoca a miles de bailarines en el mes de octubre en Resistencia, Chaco. Evento que entrega más de 2000 medallas y abraza todas las edades. Y con un sello que la define profundamente: la inclusión: los chicos con discapacidad no pagan inscripción y compiten en igualdad de condiciones.

Cada año, el certamen es declarado de Interés Provincial, y en 2024 y 2025 recibió el premio “Dorado” como mejor torneo del Nordeste Argentino.

En 2017, volvió a cumplir un sueño: compitió en Buenos Aires con un flamenco de traje de cola y obtuvo un 98%.

En 2018, mientras estaba en España al frente de la delegación argentina en el Mundial de Danzas en Barcelona, falleció su papá. Era junio, el mes del Día del Padre. Él, aun enfermo, le había pedido que hiciera ese viaje. Porque sabía lo que significaba: el sueño de toda profesora de danzas españolas.
Y Violeta fue. Porque también hay amor en seguir.

En 2024 y 2025 representó a Argentina en Ijuí, Brasil, en la mayor fiesta de colectividades, y ya se prepara para volver en 2026 junto a su pareja de baile.

Se jubiló a los 54 años, pero su vocación nunca se retiró. Hoy continúa al frente de su escuela “Sports Fitness y de Ritmos” y de folklore estilizado.

A lo largo de su vida recibió innumerables premios. Pero hay reconocimientos que la definen más que cualquier trofeo: ser mujer destacada de Barranqueras, y su compromiso solidario, reconocida por el Rotary Club, llevando ayuda y movimiento en la la escuelita del tacuani.

Su familia es su raíz y su sostén: sus hijos Macarena, Fernando y Martín; sus nietos Simón, Alessia y Gia; y su pareja, compañero de baile y de vida. Y en lo profundo, un agradecimiento eterno a sus padres, por haber estado siempre, acompañando cada paso.

Y cuando le preguntan qué la inspira a seguir, su respuesta es tan simple como verdadera:
enseñar con el corazón.

Porque Violeta no solo bailó su vida…
la convirtió en un camino donde otros también pueden aprender a bailar la suya.

 

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