Carlos Aníbal “Manín” Guex: memoria viva del casco histórico de Barranqueras

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Carlos Aníbal “Manín” Guex nació el 20 de junio de 1946 y está cerca de cumplir 80 años. Su vida está profundamente ligada a un mismo lugar: su casa en el casco histórico, sobre calle Teniente Bosch al 50, en el barrio viejo del puerto.
En esa vivienda, levantada por la cooperativa Yrigoyen hace aproximadamente 200 años, vivieron su abuela, su padre y hoy él continúa esa historia, que seguirá en manos de su hijo Jorge Manuel. Es mucho más que una casa: es un legado familiar.
Cursó sus estudios en la Escuela N° 30, que funciona frente a la plaza Sarmiento, donde completó hasta sexto grado. Recuerda su infancia como feliz, rodeado del cariño de su familia. Fue “malcriado”, como él mismo dice, por sus padres y sus tíos. Creció en un hogar de buen pasar económico: su padre era segundo jefe de la Flota Fluvial del Estado y su madre trabajó brevemente en Agua y Energía antes de dedicarse a la casa.
Manín es el segundo de cuatro hermanos, en una familia “de las de antes”, unida y para toda la vida.
En el plano laboral, su historia refleja los vaivenes del país. Trabajó en la Junta Nacional de Granos entre 1974 y 1976, hasta que, tras el golpe militar, fue despedido junto a otros 56 empleados no efectivos. A partir de allí, salió a reinventarse: trabajó en Chacofi; en Buenos Aires, en estructuras modernas; fue camionero y también lanchero, cubriendo la ruta entre Formosa y Alberdi hasta su jubilación.
Como muchos en su tiempo, también hizo changas de todo tipo: cargó cemento, cebollas, verduras, carbón… lo que hiciera falta para llevar el pan a su casa.
Manín destaca que nunca tuvo antecedentes policiales. Formó familia en dos oportunidades y es padre de cuatro hijos. Su última esposa, Natividad Corrales, oriunda de Formosa, falleció hace 32 años. Hoy vive con uno de sus hijos.
Hace 14 años atravesó un episodio de salud que lo llevó a cambiar su estilo de vida. Desde entonces, no toma alcohol, mejoró su alimentación y asegura no tomar medicamentos. Cuando se le pregunta por el secreto de su bienestar, dice no tener una fórmula, aunque su alegría y su actitud parecen ser parte de la respuesta.
Dueño de una memoria lúcida y detallada, Manín recorre con palabras la historia viva de su barrio. Recuerda a antiguos vecinos
que formaron parte de la vida cotidiana de las calles Teniente Bosch y Alfredo Aguilar.
Alli vivieron familias como Don Castro, los Garcías, los O’Connor, los Ivars. También menciona el Registro Civil y el Juzgado, donde hoy vive la familia Szymazek. El antiguo depósito de tanino, cuya oficina central estaba en La Escondida, hoy convertido en un local de alimentos para mascotas.
Menciona a Don Floro y Doña María Meza, a las familias Verdún Zalazar, Raush y Muchuca. Su casa se ubica entre lo que fue la vivienda de Mauricio Gómez, hoy ferretería de la familia Animendi, y el antiguo anexo de la Escuela 345, hoy trasladada al barrio 2 de Abril, en esa misma vereda tambien recuerda a la familia Veloso.
También recuerda a otras familias históricas: Barbona, el doctor Furque, Machuca, Maciel, el “Turco” Alegre, Nisteru, Brias y Moser, estas dos útlimas familias son de areneras. La familia Seba, dueños de una curtiembre. fue la casa, según cuenta, donde nació el actor Claudio Levrino, cuyo padre pertenecía a Prefectura.
Manin sigue su realto, recordando a sus antiguos vecinos, recuerda que en la vivienda donde vivió “Pichín” Cabrera hoy funciona una fábrica de harina de arroz para celíacos, donde actualmente trabaja Emanuel, uno de los hijos de Manín. No puede dejar pasar a la familia Ojeda, cuyos descendientes continúan en la misma casa.
A pesar de haber recorrido gran parte del país como camionero, Manín no duda: este es su lugar en el mundo. Allí pasa sus días, disfrutando cada mañana y cada tarde sentado en la vereda, saludando a los vecinos.
En su cuadra, crecen mangos, ficus, mandarinas, palo borracho y paraísos. Es un barrio tranquilo, de gente trabajadora, sin conflictos ni problemáticas de ningún tipo. Se pueden ver gallinas caminando por la vereda y cunetas bien hechas que evitan que queden el barro después de un día de lluvía, todo esta imagen completa la postal típica barranquereña.
Querido por todos, sin conflictos y con una vida simple, Manín es testimonio vivo de una comunidad, de una época y de una manera de vivir. Y, como él mismo lo menciona, todavía le quedan muchos años por delante, si Dios quiere, menciona.

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