De Barranqueras a Puerto San Julián

Una historia de sacrificio, amor y raíces en el sur
Puerto San Julián, en la provincia de Santa Cruz, es uno de los puntos más cercanos y directos del territorio continental argentino hacia las Islas Malvinas, que también son argentinas. Hasta allí llegó una historia que comenzó muy lejos, en Barranqueras, Chaco.
Desde hace casi 20 años, José Falcón (51) y Vilma Mabel Ramoa (38) construyen su vida en el sur del país. Nacidos y criados en Barranqueras, hoy viven en Puerto San Julián, donde formaron su familia y echaron raíces. Son matrimonio y padres de dos hijos: Lucía (18) y Jhonatan (13), ambos nacidos en esta ciudad patagónica que los vio crecer y se convirtió en su hogar.
Antes de emigrar, la vida en Barranqueras era de trabajo duro y a pulmón. José recuerda que solía esperar a Vilma a la salida de la Escuela José Hernández, y desde allí salían juntos a ganarse el día, compartiendo esfuerzo, mates y sueños. Trabajaban juntos haciendo changas: eran changarines, cortaban pasto, pintaban casas, realizaban tareas de mantenimiento, trabajaban como serenos.
José también fue repartidor de pollos y leche, recuerda su trabajó en el Ferrocarril (SeFeCh), sumando otra experiencia laboral a una vida marcada por el sacrificio y la constancia. Su último trabajo antes de tomar una decisión clave fue como bicimandado en una empresa de moto mandados, usando la bicicleta como principal medio de movilidad.
La decisión de irse al sur llegó cuando José eligió viajar a Puerto San Julián para realizar el curso de Marino Mercante, que duraba un año. Tenía conocidos allí y la esperanza de un futuro mejor. Mientras tanto, Vilma se quedó en Barranqueras, donde terminó la facultad y se recibió de cosmetóloga.
La partida no fue fácil. José se fue con una mochila y un bolso con alimentos, dejando atrás a Vilma, sabiendo que el sacrificio era necesario para construir un futuro juntos. Vendió todo lo que tenía para poder pagar el pasaje y llegar a destino. “Si volvía, no tenía nada”, recuerda. Su orgullo sano y una promesa personal lo hicieron quedarse: no volver vencido, una frase que todavía hoy lo emociona.
La realidad en Puerto San Julián no fue como la había imaginado. Cuando llegó, sus conocidos regresaron a Barranqueras y se encontró solo, enfrentando el frío, el clima hostil y la distancia de la familia. Temperaturas de hasta 15 grados bajo cero y vientos de 60 km por hora marcaron su adaptación.
Mientras estudiaba, siguió haciendo changas para poder solventarse. Su menú muchas veces incluía corderos viejos, conocidos como “capón”, por ser más económicos. No se distrajo de su objetivo: terminar la carrera de Marino Mercante, trabajar y aprovechar los meses libres para volver a Barranqueras, pero ya con una profesión.
Uno de los recuerdos más significativos, con el dinero que junto de la venta de todas sus cosas, pudo comprar una promoción del Día de la Madre: un 2×1 del Nokia 1100. Uno fue para él. El otro, para ella. no tenía redes sociales, pero tenía algo mucho más importante, señal. Entre ellos había 3100 kilómetros de distancia, este pequeño teléfono se transformó en el único puente real entre ellos. Ese fue su único vínculo diario con su pareja y su familia, y que lo sostuvo en los momentos más duros de soledad.
El cambio cultural fue fuerte. De una Barranqueras donde siempre había amigos, charlas y vida en la calle, pasó a un lugar donde el clima obligaba a estar puertas adentro y aprender a convivir con el silencio, el viento y el paisaje patagónico.
Su primer trabajo en blanco fue en una pesquera, recomendado por un compañero de estudio. Se recibió de Marino Mercante, pero nunca llegó a embarcar ni a trabajar en altamar. La vida tomó otro rumbo y, desde hace 17 años, trabaja en la minería en Puerto San Julián, desempeñándose en una profesión que, como él dice, lo lleva “hacia el fondo de la tierra”.
Muchas veces José se preguntó qué habría pasado si lo contrataban como marino mercante y debía pasar largos períodos en altamar. La pregunta que siempre lo atravesó fue una sola: “¿Vilma me hubiera esperado?”
Para entonces, Vilma ya estaba junto a él en Puerto San Julián. Ese nuevo trabajo en la minería les dio un mejor pasar económico y allí nació su primera hija. La vida empezó a acomodarse.
Vilma, por su parte, ingresó a la escuela de policía y hoy es policía en Puerto San Julián. Además, tiene su propio gabinete de cosmetología detrás de su casa.
Hoy, la vida de José y Vilma está completamente constituida en el sur: tienen su hogar, sus profesiones y su familia. Sin embargo, cada vez que José vuelve a Barranqueras para visitar a familiares y amigos, la siente distinta: más grande, con más gente y más caos. Extraña aquella Barranqueras donde podía andar en bicicleta sin miedo, donde los jóvenes estaban más en casa y la vida era más tranquila.
Aun así, estar acá le devuelve algo invaluable: la cercanía con la familia, los amigos, compartir un mate, una cerveza, un asado. “Eso no tiene precio”, dice. Esos momentos lo recargan para volver, otra vez, a Puerto San Julián.
Sabiendo que, al llegar al destino, volverán a ser ellos cuatro solos.
Y con la esperanza intacta de que pasen rápido los días para regresar nuevamente a Barranqueras en las fiestas de fin de año.








